miércoles, 7 de marzo de 2018

¿Las conductas de apego precipitan el desarrollo de dependencia emocional?


El primero en desarrollar una teoría del apego, como ya explicó Maria del Carmen Martínez, en anteriores post cuando habló sobre la teoría del apego, fue John Bowlby.
Para éste, "la conducta de apego es cualquier forma de conducta que tiene como resultado el logro o la conservación de la proximidad con otro individuo claramente identificado al que se le considera mejor capacitado para enfrentarse al mundo".
Decía que existe la tendencia a responder conductual y emocionalmente con el fin de permanecer cerca de la persona que nos cuida y protege de toda clase de peligros, y a estas tendencias les llama estilos de apego, por lo tanto, podemos decir que la conducta de apego es la tendencia a establecer lazos emocionales íntimos con otras personas.
Como ya decíamos anteriormente (en el post de "porqué soy dependiente afectivo") nuestra actitud de adultos guarda una estrecha relación con las experiencias que hemos tenido con nuestras figuras de apego en la infancia. Estas figuras de apego serán las personas que percibimos que cubren nuestras necesidades básicas de afecto, valoración y especialmente de seguridad. Puede ser la madre, el padre, un hermano, un tío, un abuelo, la niñera...

CLASIFICACIONES DE LAS ESTRUCTURAS DE APEGO

  • Estructura de apego seguro:
Desarrollamos un apego seguro cuando nuestra figura de apego se muestra cercana y disponible cuando tiene en cuenta nuestras necesidades y las satisface. De esta forma nos sentimos seguros : "se que tengo a alguien que me va a ayudar, en el momento que lo necesite, es cercana y accesible para mí". 
En el ambiente familiar encontramos aprobación y confianza por parte de nuestros padres, nos sentimos aceptados por lo que somos, nos halagan y nos brindan su afecto sin condicionarlo a ningún comportamiento. Los padres confían en nuestras capacidades y nos brindan responsabilidades acordes con nuestra edad física y mental, se nos esta permitido hablar, dialogar, o discutir nuestros problemas con ellos, sabemos que van a respetar nuestra postura con respecto a ese tema y nos van a ofrecer la orientación necesaria.
Nuestros padres nos motivaban a relacionarnos con otros niños y los recibían con agrado en casa, no nos utilizaban para manipular al otro cónyuge, sino que como adultos eran capaces de afrontar y resolver por ellos mismos sus propios conflictos de pareja, eran congruentes entre sí con respecto a las normas (horarios, actividades a realizar, tareas, etc..). Fomentaban la participación de todos los miembros de la familia  en actividades compartidas.

  • Estructura de desapego emocional:
Como afirma Bowlby: " el niño no confía en que cuando busque cuidados recibirá una respuesta servicial sino que, por el contrario, espera ser desairado". Cuando en un grado notorio ese individuo intenta vivir su vida sin el amor y el apoyo de otras personas, intenta volverse emocionalmente suficiente... esta pauta, en la que el conflicto está mas oculto, es el resultado del constante rechazo de la madre cuando el individuo se acerca a ella en busca de consuelo y protección". 
Parece claro, que cuando de niños no nos hemos sentido queridos, ni protegidos y hemos sentido el rechazo repetido por parte de nuestras figuras de apego, empezamos a generar un fuerte sentimiento de soledad, de aislamiento, de desprotección y desengaño, empezamos a protegernos para que estos rechazos no se repitan y no nos hagan tanto daño desarrollando una estructura de desapego, que se manifestará mediante actitudes de lejanía y aislamiento, falta de interés, frialdad afectiva y un comportamiento hostil, evitando el contacto físico y las expresiones de afecto. La lectura interior que hace el niño de las actitudes de rechazo o indiferencia de su figura de apego pueden ser: " no merezco la pena", "no se me puede querer", " si me conocen me van a rechazar". 
Esta estructura de desapego comienza a configurarse en la infancia y se consolida posteriormente en la vida adulta; estas personas evitarán los lazos afectivos para protegerse de nuevos desengaños que golpearían sobre las viajes heridas no del todo cicatrizadas. 
  • Estructura de apego ansioso:
De niños somos especialmente sensibles al abandono y cuando el comportamiento de nuestra figura de apego es imprevisible e inestable, unas veces nos sobreprotege y nos colma de cuidados y atenciones, y en otro momento desaparece, nadie nos presta atención y notamos intensamente su no presencia, reaccionamos aferrándonos intensamente a ella "no dejándola ni a sol ni a sombra", nos sentimos inseguros y tenemos miedo a que se nos escape otra vez, indefensos por que sabemos que se va a marchar pero nunca sabemos cuando va a ocurrir, es imprevisible, por lo tanto intentaremos estar todo el tiempo con ella y viviremos la relación con ansiedad sintiéndonos continuamente amenazados de que alguien o algo pueda quitarnos a esa persona de nuestro lado.
Hemos podido escuchar amenazas persistentes de no querernos, utilizadas como medio para controlar nuestro comportamiento "si no te portas bien, mama no te va a querer..." " papa no te quiere cuando estas enfadada" o amenazas de algún progenitor de abandonar la familia o de cometer un suicidio, "estoy harto de vosotros y cualquier día me vais a hacer que haga una locura", o también amenazas de alguno de los padres de abandonar la familia utilizadas como método para imponer disciplina, o como un modo de coaccionar a un cónyuge, " si no te portas bien. un día vendrás del colegio y yo me habré ido", también hemos podido escuchar mensajes culpabilizadores donde se nos hace responsables de la enfermedad o de la muerte del padre o de la madre, "me vas a matar a disgustos", "esto solo me pasa por tu culpa" , "sino hubieras nacido...."
  • Estructura de apego receloso:
La estructura de apego receloso se origina cuando para manifestarnos seguridad percibimos incongruencia entre las expresiones verbales y no verbales de nuestros padres. Es como si nos dijeran "estoy contigo, cuenta conmigo" pero luego en la práctica, esa persona no está, desaparece o no nos atiende, esto hace que nos sintamos inseguros y desconfiemos de ella. Como niños estamos a la expectativa de que satisfagan nuestras necesidades, pero somos incapaces de pedir lo que necesitamos, esperamos a que lo adivinen, nos agrada el contacto físico, y lo recibimos con gusto, pero somos incapaces de tomar la iniciativa y pedirlo, adoptamos una actitud pasiva. Nos aseguramos de tener a nuestra figura de apego cerca, a la vista, pero añoramos la cercanía con ella y no la pedimos. Si observamos a una persona con apego receloso, fácilmente podría pasar por desapego, pero internamente tiene tanto miedo al abandono y se siente tan inseguro como el que tiene apego ansioso. El receloso se pega a su figura de apego observándola, desconfiando de ella, pero ansiando más intimidad.



En resumen, estas situaciones vividas en nuestra infancia hacen que cuando de adultos estemos frente a otra figura de apego: nos aferremos insaciablemente, por el temor a quedarnos solos no nos fiemos de esa persona y estemos hipervigilantes "no sea que en un descuido me deje solo (apego ansioso)". Otra reacción cuando esa figura de apego se distancia por un tiempo más largo e imprevisible y de la cual recibimos el rechazo continuo, es mostrarnos distantes, hostiles, autosuficientes, rechazando cualquier tipo de contacto afectivo con las personas, por temor a ser abandonado nuevamente (desapego). En otros casos jugamos entre aparentar desapego, pero internamente necesitamos una relación de una forma ansiosa adoptando una postura pasiva, con poca iniciativa para el contacto, pero con mucho deseo de tenerlo (apego receloso).

Anaís Martínez
Psicóloga consultora.


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